Lo que aprendí al trabajar con los no alcanzados
Cuando empecé a prepararme para servir entre un grupo no alcanzado, leí bastante sobre el servicio transcultural y realmente pensé que estaba preparada para el desafío. Sin embargo, cuando finalmente llegué al campo misionero, rápidamente se hizo evidente lo poco que entendía.
Las personas se sentían tan diferentes a mí que me preguntaba si alguna vez conectaría verdaderamente con ellas. Nunca olvidaré aquellos primeros días en los que pensaba: “¿Cómo voy a hacer esto? ¿Qué estoy haciendo aquí?” No tenía ni idea de dónde o cómo empezar.
Ahora entiendo más, pero también sé que siempre habrá desafíos al servir entre los no alcanzados. Y junto con estos desafíos, he aprendido que hay grandes bendiciones para aquellos que Dios ayuda a perseverar.
LOS DESAFÍOS SON REALES
Cuando empecé a servir entre los no alcanzados, aprender a entenderlos no fue nada fácil. Su cultura, sus maneras de comunicarse, las señales sutiles detrás de su conducta y las reglas no escritas que todos parecen conocer excepto el extranjero eran todas desconocidas para mí.
Se hizo aún más difícil cuando di por sentado que sabía lo suficiente y dejé de escuchar. O cada vez que permití que mi juicio tomara la iniciativa y comencé a ver a las personas como proyectos en vez de simplemente amarlas.
También hubo las dificultades usuales que conlleva estar lejos de la familia y de amigos cercanos, el esfuerzo adicional que requiere trabajar con un equipo transcultural, y la incertidumbre de los resultados. También enfrenté la indiferencia de las personas que estaba tratando de alcanzar y mi propio deseo de ver frutos inmediatos después de cada pequeño esfuerzo.
Y ¿qué de los temores? Más de una vez, el miedo fue mi primera reacción a lo desconocido. Caminar por un pequeño pueblo que no se sentía seguro. Conducir por una montaña remota en medio de la noche. Ser amenazada a punta de pistola por primera vez. Enfrentar esos temores fue difícil.
En todos estos desafíos descubrí un común denominador: estaban enraizados en mi propio egoísmo. Cada uno revelaba algo sobre mi corazón. Antes de que pudiera enfrentar los obstáculos a mi alrededor, el Señor tuvo que hacer una obra más profunda dentro de mí.
LAS BENDICIONES TAMBIÉN SON REALES
Con el tiempo, lo que inicialmente parecieron retrocesos y obstáculos se convirtieron en oportunidades que me moldearon en formas que no esperaba y abrieron mis ojos a la belleza que no había visto antes. Y con cada paso de obediencia, Dios proveyó mucho más de lo que necesitaba—una y otra vez.
Lo que una vez vi como obstáculos con el tiempo se convirtió en razones para estar agradecida. Al recordar los tres años entre los no alcanzados, aquí está una parte de la oración que escribí como un reflejo de todo lo que mi corazón ha llegado a ver—y a dar gracias:
- Gracias por Tus nuevas misericordias cada mañana.
- Gracias por enseñarme a esperar en Ti, en vez de reaccionar por temor o por impulso.
- Gracias por hacerme notar las diferencias, por enseñarme a valorarlas y por revelarme más de Ti a través de ellas.
- Gracias por mostrarme que hay fortaleza en la unidad y que esto nos hace más parecidos a Ti.
- Gracias por sacarme de mi zona de confort solo para mostrarme cuán claramente me ayudas a vencer cada uno de mis temores y cuán firmemente me sostienes a lo largo del camino.
- Gracias por mostrarme cuán equivocada puedo estar en mi propio entendimiento.
- Gracias por recordarme que no me pertenezco y que todo lo que soy gira en torno a Ti.
- Gracias porque Tu amor no conoce fronteras y no es extraño en ningún lugar.
- Gracias por los desconocidos que se convirtieron en amigos, los amigos que se convirtieron en hermanos y hermanas, los hermanos y las hermanas que se convirtieron en un equipo—un equipo que llegó a ser familia. Gracias por la iglesia de todo el mundo.
- Gracias por los meses y los años, por sostenerme cuando quería rendirme, y por la verdad: que mi hogar es donde Tú estás.
LA MAYOR BENDICIÓN ES CRISTO MISMO
Entre todos los desafíos que enfrenté, el mayor obstáculo fue mi propio corazón egoísta. Y de todos los estímulos que experimenté, el más grande fue el propio ejemplo de Jesús que se entregó a Sí mismo por nosotros (Filipenses 2:4–8).
¿La mejor recompensa? Más de Jesús mismo. Como lo afirma John Piper: “Si vives con alegría para que otros se alegren en Dios, tu vida será difícil, tus riesgos serán altos y tu gozo estará completo”.









