Cómo un simple “hola” puede cambiarlo todo
Nos mudamos a una casa en una zona de Asia que parecía un laberinto. Pasando por donde estaba la costurera a la derecha y el viejo perro gruñón a la izquierda, detrás de las rejas con alambre de púas y los grafitis en las paredes, allí estábamos nosotros.
Nada quedaba lejos, ni el supermercado ni el pequeño café, así que nos acostumbramos a caminar mucho. Los carros ni se atrevían a entrar en esas callejuelas, así que cada mañana, cuando los monos comenzaban a aullar, caminábamos de un lado a otro por esas pequeñas vías. Nuestros pies cansados solo regresaban a casa cuando los perros callejeros empezaban a reunirse y el cielo se oscurecía.
Salí de Estados Unidos con los ojos puestos en la Gran Comisión. Mi gran anhelo era ver a 3 mil millones de personas no alcanzadas adorando ante el trono en el plazo de un año. No me daba cuenta de que la historia se vería distinta a como la imaginaba. Mis expectativas estaban muy lejos de la realidad.
Ahora miro atrás y sonrío.
Soy prueba viva de que, aunque el corazón trace su rumbo, el Señor es fiel para afirmar nuestros pasos (Proverbios 16:9). En Asia, no fue en el supermercado ni en el pequeño café donde encontré los milagros de Dios para mí, sino en las personas que veía en el camino. El sonido de la tierra bajo mis pies, el golpe metálico de la reja y las risitas escondidas detrás de las ventanas: ahí fue donde comenzó mi historia.
Cuando un grupo de niñas me dijo: “¡Hola!” y me saludó con la mano en aquel camino complicado, mi vida cambió para siempre. Algunos de los corazones más preciosos que conoceré de este lado del cielo los encontré en ese rincón de Asia. Por medio de un simple saludo, el amor de Dios se abrió paso.
Ese “hola” abrió la puerta a años de milagros en nuestro pequeño vecindario, y no hay palabras para describir la belleza de lo que siguió. Gracias a mi tiempo en esa pequeña calle, hoy creo que el mandamiento de Dios de amar a nuestro prójimo es apenas el comienzo de lo que Él tiene preparado para este mundo. Y creo que el primer paso para amar a nuestro prójimo es decir “hola”.
Un llamado a amar a tu prójimo
“Hola” es una palabra muy sencilla, pero comunica más de lo que pensamos. Creo que es la primera oportunidad para mostrarle a un extraño quién es Dios. Es un saludo con la capacidad de llevar luz, verdad y amor a un mundo herido.
Me recuerda la respuesta de Cristo a una pregunta en Lucas 10, cuando un intérprete de la ley le pregunta a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”.
En respuesta, Jesús cuenta la historia de un hombre que fue golpeado, asaltado y dejado al lado del camino. Luego presenta a tres personajes más: un sacerdote, un levita y un samaritano. El sacerdote y el levita, de quienes quizá esperaríamos misericordia, pasaron de largo y no hicieron nada.
El samaritano, en cambio, se acercó al hombre herido, sacrificó su propia comodidad y cuidó de él. Entonces Jesús les dijo a todos los que escuchaban: “Ve, y haz tú lo mismo”.
Un saludo para el mundo
La esperanza contenida en un “¡hola!” puede escucharse alrededor del mundo. Por eso quise escribir sobre las muchas formas que adopta este sencillo saludo, de una manera que pudiera inspirar a otros, jóvenes y mayores, a amar a todos sus vecinos.
Mi libro infantil más reciente, Cada prójimo: saludando a todos con el amor de Dios (inglés), lleva a los lectores por 12 vecindarios alrededor del mundo. Desde Bután y Tanzania hasta Líbano y China, quiero que todas las familias vean y experimenten a las hermosas personas y los hermosos lugares que Dios creó. Y que escuchen saludos como: “¡Salam!”, “¡Marhaba!” y “¡Yedje!”.
“¡Hola!” dice: “Te veo”, en un mundo que se mueve rápido y se exalta a sí mismo. Es una manera sencilla y alegre de acercarse a alguien con la esperanza de Cristo. Amar a tu prójimo se ve distinto en cada país y en cada cultura, pero siempre, siempre, siempre comienza con un “hola”.









