Reflexiones de un pastor sobre invitar a amigos a la iglesia

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Reflexiones de un pastor sobre invitar a amigos a la iglesia

Nuestras invitaciones no convierten a las personas, pero las colocan donde la conversión es posible.

La primera vez que invité amigos a mi iglesia fue un desastre.

Yo estaba en la universidad y me había hecho amigo de un grupo de muchachos por la música rock y los videojuegos. Acordamos que un día irían a visitar la iglesia donde yo servía. Un par de semanas después, todos aparecieron sin avisar, en medio de la Escuela Dominical, la mitad vestidos de negro, con jeans rotos y unos Converse viejos. Cuando entraron, el diácono que presidía estaba enseñando sobre las vestiduras sacerdotales de Aarón y la importancia de “vestirnos lo mejor posible para el domingo”. Yo era el ujier en la puerta, con mis pantalones caqui y mi corbata.

Mis amigos se fueron a mitad del servicio y nunca regresaron. Me tomó mucho tiempo volver a tener el valor de invitar a alguien más.

PREPARÁNDOSE EN FE

Aunque es cierto que algunos cristianos se avergüenzan del evangelio o no quieren identificarse como cristianos, no creo que ese sea el caso de la mayoría de nosotros. Lo que más veo es que no invitamos a la gente a la iglesia porque no queremos que se sientan incómodos, juzgados o heridos. Y, aunque es difícil admitirlo, tampoco queremos hacerle perder el tiempo a nadie. Todos conocemos personas que parecen estar tan lejos de Dios que sentimos que hará falta un milagro para que realmente escuchen la Palabra de Dios.

Pero recordemos: ¡sí hace falta un milagro!

Nuestros amigos están desesperadamente lejos de Dios. Lo más probable es que se sientan incómodos en la iglesia. Quizás incluso se sientan juzgados. Aunque no queremos ser personas juzgonas, los no creyentes deberían sentir que algo no está bien en ellos mientras están en la casa del Dios vivo.

No podemos protegerlos de la presencia de Dios; solo la fe en Cristo puede hacerlo. Pero aquí está la gran noticia: “la fe viene por el oír, y el oír, por la palabra de Cristo” (Romanos 10:17). Así que lo primero y más importante que debemos entender —y que debe motivarnos a invitar a nuestros amigos— es que nuestro Dios es un Dios de milagros, y Él da vida a los corazones por medio de la predicación de Su Palabra.

PROPÓSITO EN LA COMUNIÓN

Aquí hay algo más en lo que pensar: los resultados suelen ser más silenciosos —y más significativos— de lo que esperamos. Nuestras invitaciones no convierten a las personas, pero sí las colocan en el lugar donde la conversión es posible. Dios ama a la iglesia y usa iglesias para salvar personas. Tu amigo puede ir por respeto a ti, y tú puedes salir con la sensación de que “no pasó nada”. Un año después, puede que esté sirviendo a Cristo a tu lado.

No necesitas tener todo resuelto, ni tu iglesia tiene que ser súper emocionante: mientras la Palabra se predique y el Espíritu Santo esté presente, todo lo esencial está en su lugar. Es posible que en ese momento no tengamos todas las respuestas correctas, o que el tema del sermón no parezca conectar con lo que nuestros amigos están viviendo.

Podemos y debemos dar seguimiento después, y la relación es más importante que un evento aislado. Pero debemos recordar que la Palabra de Dios nunca vuelve vacía: cumplirá el propósito de Dios y prosperará en aquello para lo cual Él la envió (Isaías 55:11).

PLANIFICACIÓN CON FIDELIDAD

En la medida de lo posible, porque queremos ser fieles a nuestro Salvador, necesitamos hacernos preguntas sencillas, pero importantes sobre nuestros cultos los domingos, como enseña 1 Corintios 14. ¿Qué tipo de experiencia encontrarán nuestros amigos al llegar? ¿Alguien los va a saludar? ¿Podré sentarme con ellos? ¿Podrán seguir las canciones? ¿El pastor será entendible? ¿Tendré la oportunidad de hablar con ellos o compartir una comida después?

Algunos de nosotros podemos reaccionar con incomodidad a estas preguntas, pero no son asuntos de mercadeo; son asuntos pastorales. La meta no es impresionar a nuestros amigos, sino servirles. Es natural que, con el tiempo, adaptemos las experiencias a nuestras propias necesidades y gustos; así, los cristianos nos reunimos y, casi sin darnos cuenta, terminamos hablando “cristianés” entre nosotros, mientras los de afuera miran desde lejos, perdidos en su pecado.

Como pastor, quiero animarte a nunca suavizar el evangelio, pero sí a quitar los obstáculos innecesarios. Nunca debemos disculparnos por la Escritura, la oración o el llamado al arrepentimiento. Pero sí debemos estar dispuestos a explicar lo que hacemos y por qué lo hacemos. Una breve palabra antes del servicio, una conversación después o un simple mensaje de seguimiento pueden marcar la diferencia entre confusión y claridad.

Todos —pastores y miembros— deberíamos estar dispuestos a revisar por qué nuestra liturgia es como es, para poder explicársela a nuestros invitados. Y aquí va un consejo práctico: estemos siempre dispuestos a decir: “Esa es una muy buena pregunta. No sé la respuesta, pero voy a investigarla”. Eso siempre abre la puerta a una conversación posterior que puede, si el Señor quiere, apuntar a la cruz de Cristo.

Mirando atrás, mis amigos no se fueron de la iglesia por una lección sobre las vestiduras sacerdotales. No se quedaron porque yo no estaba preparado para caminar con ellos en un espacio que les resultaba desconocido. Invitar amigos a la iglesia requiere preparación, propósito y planificación, tanto de tu parte al invitar como de parte de toda la iglesia al familiarizarse más con los no creyentes. Pero, sobre todo, requiere fe. Requiere creer y confiar en un Dios que amó tanto al mundo que dio a su Hijo único para salvarnos.

Ahora, vayamos a contárselo a todos.


Jairo Namnún

Jairo Namnún es el pastor de enseñanza de Iglesia Piedra Angular en Santo Domingo. Está casado con Paty y tienen 3 hijos.