Adviento y el anhelo por el regreso de Cristo
Yo no soy una persona “navideña”. Me regocijo en la realidad de que el nacimiento de Cristo, nuestro Rey, cambió el universo, pero podría vivir sin los villancicos y las luces.
Al crecer, me sentía muy solo en mi “gruñonería” navideña. Todos a mi alrededor no podían esperar a que llegara la “Nochebuena”. Pero ahora, un número creciente de personas simplemente se sienten exhaustas cuando llega diciembre.
No es solo una percepción: la evidencia sugiere que, para una fracción notable de personas en países occidentales, los días festivos se han vuelto más emocionalmente complejos o menos alegres, evocando un sentido de soledad y, para muchos, estrés financiero.
Aun así, muchos siguen comprometidos con las celebraciones y nada supera pasar un buen tiempo durante las fiestas. Así que esta tensión permanece: celebramos la venida de Cristo, pero vivimos en un mundo lleno de sombras. Para muchos cristianos comprometidos, el espíritu festivo de la temporada no surge de manera natural.
NOSTALGIA Y NECESIDAD
Al escudriñar mi corazón, me he dado cuenta de que muchas de mis frustraciones con la Navidad surgen de intentar que la temporada haga cosas que no puede hacer. Algunas de las películas que vi de niño quedaron grabadas en mi mente y me hicieron anhelar realidades que Dios no diseñó para mí. Familias perfectas sentadas en grandes mesas con enormes banquetes chocan con la ruptura que tantos vemos a nuestro alrededor.
El Adviento no está diseñado para cargar con el peso de nuestras expectativas, reales o imaginarias. Lo que sí puede hacer es dirigir nuestros anhelos en la dirección correcta.
Isaías 9 anuncia al Niño que llevaría sobre sus hombros el gobierno de Dios y traería paz sin fin (Isaías 9:6–7). Su reino crecería y su justicia se extendería para siempre. Esta promesa comenzó en Belén y se completará en el regreso de Cristo.
Y está rodeada de anhelo:
“Pero no habrá más melancolía para la que estaba en angustia […]
El pueblo que andaba en tinieblas
Ha visto gran luz;
A los que habitaban en tierra de sombra de muerte,
La luz ha resplandecido sobre ellos.”.
– Isaías 9:1–2
Oscuridad, angustia, tinieblas profundas. Podrían describirte a ti, y sin duda precedieron al nacimiento de Cristo. La soledad, la injusticia y el gemido a nuestro alrededor no contradicen la historia cristiana: son la razón por la que Él vino.
El Adviento nos entrena para decir la verdad sobre el mundo y, al mismo tiempo, decir la verdad sobre el reino de Cristo: ha comenzado, pero aún no se ha materializado plenamente.
EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO
Las expectativas moldean nuestras reacciones. Los cristianos pueden ver el valle entre los dos picos de la primera y la segunda venida de Cristo y entender que el Adviento une el sufrimiento con la esperanza. Recordamos el pesebre, pero anticipamos la trompeta. Miramos atrás con gratitud, pero miramos adelante con ansias.
Es ingenuo esperar solo sonrisas y shalom de una temporada que celebra la primera venida. Si somos honestos, incluso lo mejor de la Navidad está mezclado con anhelos. El gozo que buscamos está en el cielo.
Y Él va a regresar.
Para los cristianos, realmente no hay lugar para la oscuridad o el desánimo mientras celebramos el nacimiento de nuestro Salvador. La muerte ha sido derrotada, las sombras se disipan, el Espíritu está siendo dado y la oscuridad está siendo expuesta. Se acerca el día en que todos nos sentaremos a su mesa.
“Multiplicaste la nación,
Aumentaste su alegría.
Se alegran en Tu presencia
Como con la alegría de la cosecha,
Como se regocijan los hombres cuando se reparten el botín.”
– Isaías 9:3
El Adviento nos discipula. Da forma a nuestros instintos. Nos enseña a esperar, a esperar con esperanza, a actuar y a orar. Hay libertad en dirigir nuestra atención hacia afuera: de nuestras heridas y expectativas a los dones y regalos que ofrecemos a otros. De lo que no recibimos a lo que se nos ha dado en Cristo y a lo que podemos compartir en Él.
Estoy seguro de que hay muchas razones para que te sientas desanimado, muchas cosas que no se sienten como deberían. Pero el Adviento no es simplemente una cuenta regresiva hacia un feriado. Es una declaración: el mundo está roto, Cristo ha venido, Cristo volverá.
Nuestras vidas, nuestras familias y nuestras iglesias están llamadas a inclinarse hacia esa promesa, hasta que la tierra sea llena del conocimiento del Señor como las aguas cubren el mar.









