Libres para ser esclavos
Mientras Estados Unidos celebra casi 250 años de libertad este 4 de julio, no puedo evitar pensar en lo que Pablo escribe en 1 Corintios 9:19:
«Porque aunque soy libre de todos, de todos me he hecho esclavo para ganar al mayor número posible».
El contexto que precede a este versículo es fascinante. Una y otra vez, en este capítulo, Pablo habla de “derechos” específicos que él posee: el derecho a comer y beber lo que quiera, a tener esposa y a ser sostenido económicamente por la iglesia.
Pero todo su propósito al hablar de estos “derechos” es decir que él renuncia intencionalmente a esos derechos para extender el evangelio entre las personas que lo necesitan. Cambia su dieta, abraza voluntariamente la soltería e incluso rechaza cierto apoyo económico porque sabe que al hacer estas cosas podrá alcanzar a más personas con el evangelio.
Luego, cuando llega al versículo 19, usa una palabra asombrosa para describirse a sí mismo. Dice: «de todos me he hecho esclavo». En otras palabras, teniendo a su disposición todo tipo de libertades, Pablo dice: “me hago esclavo de personas que no conocen a Jesús, para poder guiarlas a Jesús”. A eso se refiere cuando dice: «para ganar al mayor número posible». Más adelante lo desarrolla, diciendo en los versículos 22–23:
«A todos me he hecho todo, para que por todos los medios salve a algunos. Y todo lo hago por amor del evangelio, para ser partícipe de él».
A la luz de 1 Corintios 9, tomemos un momento para pensar en todas las libertades —y “derechos”— que tenemos. Tenemos derecho a la vida, a los amigos, al matrimonio, a la familia, a la seguridad, a la estabilidad, a la salud y a la felicidad. Tenemos derecho a comer, beber, ver, usar, estudiar, escuchar o decir lo que queramos. Tenemos derecho a organizar nuestra agenda, usar nuestro tiempo, escoger nuestra carrera, ganar dinero, usar nuestro dinero, tomar vacaciones y planear nuestra jubilación. Tenemos derecho a hacer lo que queramos hacer, ir adonde queramos ir y vivir como queramos vivir.
Pero aquí es donde 1 Corintios 9:19–23 es tan revolucionario. Como seguidores de Jesús, con todos estos privilegios, en realidad nos hacemos esclavos de las personas que todavía no conocen a Jesús para guiarlas a Él. En otras palabras, el Espíritu de Jesús en nosotros nos lleva a sacrificar nuestros recursos —nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestros dones, nuestras comodidades, nuestros planes y nuestros sueños— para extender el evangelio a las personas cercanas que lo necesitan y a las personas lejanas que nunca lo han escuchado.
¿Cómo se ve esta postura de esclavo en tu vida? ¿De qué maneras estás sacrificando tus derechos por la expansión del evangelio? ¿Y de qué maneras podría Dios estar llamándote a sacrificar aún más de tus derechos por la expansión del evangelio?
Al final, reconozcamos que esta es la verdadera libertad: seguir a Jesús e invertir nuestra vida en la expansión de Su amor en nuestros vecindarios y entre todas las naciones, para que más y más personas puedan experimentar la libertad del pecado y de la muerte que sólo Jesús puede dar.









