Cultivando una imaginación misional en nuestros hijos
Los padres cargamos con un constante sentido de cuidado por el bienestar de nuestros hijos. Hemos sido diseñados para cuidar, proveer y planificar su futuro lo mejor que podamos. También estamos llamados a encomendarlos a la providencia y bondad de Dios en Cristo mientras comienzan a forjar su propio camino.
No es fácil. Hay muchos desafíos. Como padres cristianos—y como siervos del evangelio—queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero lo mejor para ellos podría estar en lugares cuyos nombres ni siquiera podemos pronunciar. Podría involucrar los confines de la Tierra. Así que aquí hay algunas cosas que debemos considerar mientras nuestras familias desarrollan una mentalidad de Gran Comisión.
EL PORQUÉ: UN DESEO DE UNIRNOS AL PLAN DE DIOS
En gran parte de América Latina, igual que en muchos países del Sur Global, las iglesias están creciendo, se están formando discípulos y muchos están encontrando gozo en el evangelio por primera vez. Muchas de las personas que conozco son cristianos de primera generación, ansiosos por criar a sus hijos en la disciplina e instrucción del Señor. Quieren hacer las cosas de manera diferente—no desean perpetuar algunos de los patrones pecaminosos que ellos mismos vivieron al crecer en familias sin Cristo.
Al mismo tiempo, nuestros hijos están creciendo en culturas que con frecuencia miden el éxito por la comodidad y el consumo. Si no tenemos cuidado, podríamos criar hijos que amen a Jesús pero que tengan en poco su misión.
La Escritura nos recuerda que el evangelio no se detiene en nuestras fronteras. La misma gracia que nos alcanzó está destinada a desbordarse hacia las naciones. Si queremos que nuestras familias estén alineadas con la voluntad de Dios, necesitamos que nuestras familias estén alineadas con la comisión de Dios. Además, si queremos que nuestros hijos marquen una diferencia, debemos enseñarles a mirar más allá de sí mismos—a enfocarse hacia afuera, a pensar en los demás—siguiendo el ejemplo de Cristo (Filipenses 2:3–8).
EL CÓMO: UN INSTINTO PARA LA REDENCIÓN
En Deuteronomio 6:4–9, Dios instruye a Su pueblo a hablar y compartir Sus mandamientos con sus hijos al sentarse, caminar, acostarse y levantarse. Eso significa que la paternidad es discipulado—una formación constante, cotidiana e intencional.
Una de las razones por las que las misiones no son una gran prioridad en algunas iglesias es porque apenas se habla de ellas de manera cotidiana—excepto en el gran “Domingo de Misiones”. Lo mismo puede suceder en nuestras familias: si las “misiones” son un tema que necesita ser etiquetado (“¡Vamos a leer una historia sobre un misionero!”), entonces nuestros hijos podrían archivarlo en un compartimento especial de sus mentes solo para esa ocasión en la que hablamos del tema.
Enseñar a nuestros hijos a amar a las naciones no se trata de añadir una tarea más a la lista de deberes parentales. Se trata de mostrarles que pertenecen a una historia mucho más grande que la suya. Desde la edad más temprana, podemos ayudarles a ver que Dios está redimiendo a un pueblo “de toda tribu, lengua, pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9).
La historia bíblica muestra cuán conectada está la humanidad. Hay abundantes datos que demuestran el impacto del trabajo misionero en la mejora de la calidad de vida de las comunidades locales. Y el mandato de ser sal y luz es un recordatorio claro de cuán desesperadamente el mundo necesita el evangelio que llevamos.
Estos elementos pueden y deben ser sembrados como semillas en conversaciones diarias con nuestros hijos que—si el Espíritu obra en ellas—pueden arraigarse en sus corazones mientras crecen en la fe. En lugar de una lista de tareas, queremos desarrollar un instinto alineado con la obra redentora de Cristo en todo el mundo.
EL QUÉ AHORA: PASOS PRÁCTICOS PARA EL DÍA A DÍA
Algunas sugerencias breves para los padres:
Idioma: Una vez que nuestros hijos comienzan a aprender otro idioma, se les abre otro mundo—literal y figuradamente. Empezarán a escuchar música, ver videos y aprender sobre una cultura que nunca conocerían si solo hablaran su lengua materna. Y solo se puede cuidar lo que se conoce. Hablar otros idiomas es, en mi experiencia, el mayor motivador para que los niños (y adultos) se involucren en el trabajo global.
Amistad: Abrir nuestros hogares y corazones a personas de otras naciones asegura que nuestros hijos crezcan con relaciones globales. Así, cuando un huracán golpea un país a mil millas de distancia, no es algo que ocurre “allá lejos”: es donde vive el “tío John”. La hospitalidad ayuda a nuestros hijos a ver el mundo tan pequeño y conectado como realmente es.
Oración: Puede que no tengamos muchos amigos internacionales, ni seamos especialmente hábiles para aprender idiomas, pero todos podemos orar por la obra de Cristo entre las naciones. Al pasar tiempo con nuestros hijos, podemos elegir un país cada mes y orar juntos. A medida que escuchemos historias de lo que el Señor ha hecho en ese lugar, podemos orar como padres por las formas en que nuestros hijos podrían unirse a Su obra hasta Su regreso.
Así que criemos hijos e hijas que vean el mundo como Dios lo ve. Enseñémosles a orar más allá de sus zonas de confort, a amar más allá de sus fronteras y a ir dondequiera que Cristo los llame. El evangelio que llegó a nosotros es el evangelio que debe pasar a través de nosotros—hasta que toda nación se regocije en el nombre de Jesús.









