Cómo una conversación sobre el evangelio puede cambiarlo todo
Quiero contarte una historia que encontré recientemente y que espero te anime de manera personal y práctica hoy. Está en una biografía de Adoniram Judson titulada “Bendice a Dios y sé valiente” (inglés), que estuve leyendo hace poco.
Si nunca has leído el libro A la costa dorada, (inglés) sobre este hombre, su familia y cómo extendieron el evangelio como los primeros misioneros modernos en Myanmar, no podría recomendártelo más. Pero esta era otra biografía y contenía una historia que yo nunca había escuchado.
Ann Judson, la primera esposa de Adoniram, hacía todo lo posible por apoyar a su esposo cuando lo habían echado en prisión. Ann conoció a una amable mujer birmana que le llevaba arroz y huevos y en una de sus conversaciones Ann le compartió el evangelio. Pero luego esta mujer y su esposo tuvieron que huir de la región repentinamente, y Ann no la volvió a ver. Con el tiempo, Adoniram fue liberado de la cárcel y Ann murió.
Décadas después, otra misionera llamada Murilla Ingalls, inspirada por los Judson para mudarse a Myanmar, estaba compartiendo el evangelio en una aldea birmana. Mientras Murilla compartía, un hombre birmano se le acercó y le pidió que fuera a su aldea para hablar allí acerca de Jesús. Murilla aceptó y un día viajó con este hombre a su pueblo.
Una multitud se reunió para escucharla y, mientras ella compartía el evangelio, escuchó la voz de una anciana al fondo que gritó: “¡Esa es la parte que faltaba! ¡Esa es la parte que faltaba!”.
Murilla dejó de hablar y le preguntó a la mujer: “¿Qué quiere decir?”.
La anciana se acercó al frente y explicó, emocionada: “Hace mucho, mucho tiempo, cuando yo era joven, vivía en un lugar donde conocí a una mujer que cuidaba a su esposo en la cárcel. Un día me habló de su Dios y de cómo Él había provisto un camino de salvación de nuestros pecados. Pero poco después tuvimos que mudarnos, y no podía recordar exactamente cómo podemos ser salvos de nuestros pecados. ¡Y ahora usted está aquí compartiendo esa parte de la historia!”.
Esta anciana dijo: “Quiero confiar en Jesús”. Además, el hombre que había invitado a Murilla a ir a su aldea resultó ser el hijo de esta mujer. Él también confió en Jesús ese día. Y así comenzó una iglesia en la aldea de una mujer a quien Ann Judson le había compartido el evangelio por primera vez décadas antes.
Comparto esta historia para animarte. Nunca subestimes lo que Dios hará cuando compartes el evangelio con alguien. Puede que veas el fruto de esa conversación en ese momento o en los días siguientes, lo cual sería maravilloso. Pero incluso si nunca ves el fruto de esa conversación en este mundo, confía en que Dios sigue escribiendo historias asombrosas que tal vez no podrás celebrar hasta la eternidad.
A la luz de esto, dicho sencillamente, compartamos el evangelio con alguien hoy. Y confiemos en que Dios obrará de maneras que van mucho más allá de lo que podamos ver en este mundo.









